Siguiendo con el hilo del artículo
anterior, creo que todos sabemos, o por lo menos sospechamos, que nuestros
alimentos, de un tiempo a esta parte no “alimentan” igual, valga la
redundancia.
¿Razones? Muchas y variadas.
Por un lado, si observamos, por
ejemplo, las hortalizas ya no se cultivan despacio y con mimo, dejando la
tierra descansar y echándole abonos naturales. Nada más lejos de la realidad.
Los cultivos se realizan deprisa, haciendo todo lo posible para que la planta
en cuestión bata retos de crecimiento; los abonos son industriales y, hay
cultivos que ni siquiera necesitan tierra. Las plantas han sido manipuladas genéticamente
para que esto sea posible.
Los animales, se crían en granjas
optimizadas para optimizar al máximo el espacio que el animal ocupa y la
alimentación que dan a los mismos. Y, por supuesto, para que tengan el máximo
tiempo posible en el menor tiempo posible.
¿Qué efectos tendrá sobre la
humanidad esta práctica? Pues a nivel salud está claro que nuestros mayores
vivían menos porque había menos cura para las enfermedades, pero nutridos lo
estaban mejor que nosotros. Por supuesto había mucho menos obesidad. A largo
plazo, las consecuencias que tenga como especie, todavía no lo sabemos. Habrá
que esperar.
¿Por qué adulteramos los alimentos
de esta forma? Pues, en mi opinión, personal e intransferible, por la
codicia
del ser humano que buscan enriquecerse a costa de lo que sea.
Por otra parte, están los alimentos
industriales, también un sector en auge en nuestra alimentación.
El ser humano ha intentado siempre
procesar los alimentos, esto es conservarlos mediante algún método que
permitiera, por un lado, proveerse de alimentos para tiempos de escasez y por
otro, poder utilizar los excedentes.
Pero mientras antes se hacía de
forma artesanal con una mínima pérdida de nutrientes, los procesos industriales
que se utilizan hoy día sacrifican una gran parte de nutrientes en aras de la
mayor conservación. Resultado, alimentos con un bajo valor nutritivo. Tanto es
así que muchos fabricantes añaden, cada vez más, minerales, vitaminas y otros
suplementos al producto fabricado. Increíble, pero cierto. Por supuesto, este
añadido que antes le habían quitado, lo pagamos aparte y el precio del producto
es mayor.
Lo mismo podríamos decir para los
alimentos bio, que se anuncian como “cultivados con las técnicas antiguas”, sin
pesticidas (como si se pudiera evitar que estos se transmitieran por aire), con
abonos naturales o con animales criados al aire libre. Como si eso fuera algo
excepcional. Eso si por que las gallinas se paseen diez minutos al día al sol,
el precio de los productos sube notablemente.
Para terminarlo de arreglar, los
animales comen pienso y ahí ya hay toda una caja de pandora en la que es
preferible no entrar.
Los pescados tampoco se libran, ya
que con la epidemia de anisakis, esos gusanos parásitos que viven en el estómago
de los peces, estos deben de ser congelados y tratados nada más pescarlos para
que el “bicho” no salga del estómago.
Vamos que se le quitan a uno las
ganas de comer…


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